viernes, 3 de agosto de 2007

La edad de Laura

Esa mañana, como casi todas desde hacía más de quince años, Laura iba a trabajar, esta vez con el ánimo puesto en no sabía que parte de su, a estas alturas esmirriada alma, pero siempre de forma inexplicable sacaba el último aliento. Aunque para ello se viera muchas veces obligada a parar en la cuneta de la carretera, a muy pocos kilómetros, escasos me atrevería a decir de su lugar de trabajo. Secaba las lágrimas de su rostro y llegaba, cuando era capaz, con la "mejor sonrisa" que conseguía esbozar. Siempre tratando de mantener la apariencia de que todo en su vida era casi perfecto.

Contaba entonces treinta y tres, la de Cristo, justo la misma que tenía su jefe cuando ella comenzó a trabajar en su empresa. Hay quien díría que de aspecto atractivo, guapita, dirían otros, ¿pero quien decide cómo debe ser la belleza? De mediana estatura para su generación, con el cabello largo, rubio ceniza y el deseo constante de hacerlo domable, que aunque por mucho que ella quería no conseguía librar batalla a la genética, jamás lograba vencer ese pelo demasiado liso para su particular estilo. Los ojos eran de un tono indefinido, -tienes los ojos del color de tu pelo!- le decía siempre su amiga Piluca y ella coqueta, siempre sonreía, como queriendo decir -"eso es que tienen un tono especial"-

Alegre cuando podía, deseaba a todo el mundo los buenos días al llegar a la oficina y comenzaba de forma metódica cada una de las pequeñas tareas rutinarias, siempre por el mismo orden, para no olvidarse de nada, hasta ocupar su mesa de trabajo.

Isabel su compañera más cercana , una mujer nueve años mayor que ella, con la vida resabida, curada de espanto, de vuelta de casi todo, aparentemente muy abierta de mente, pero poco en obra, soltera y con el gesto contínuo en su rostro de "hoy tengo un mal día". Habitualmente llegaba más tarde que ella, pero hoy no. Tenía que ceder su puesto de trabajo en breve, había decidido cambiar de vida, se iba a convertir en funcionaria del estado. Había aprobado una oposición que preparaba desde hacía meses en silencio. Ni siquiera lo había compartido con Laura, cuando ella lo supo, de forma fortuita por un desliz verbal que Isabel cometió, se interesó por el futuro de su compañera y por qué no decirlo por el suyo propio. Estaba tan habituada a ella desde hacía siete años, que no podía imaginar esa plaza ocupada de forma inminente, por otra persona. Se preguntaba qué pasaría a partir de entonces, sería difícil trabajar con alguien por ahora desconocido o tal vez no. A Laura siempre le habían preocupado los cambios, lo nuevo, lo que estaba por llegar. En cierto modo, se sentía responsable del futuro del departamento, era hasta hoy la empleada de mayor antigüedad, lo cual la dotaba de ciertas prioridades y tal vez alguna consideración frente a los demás. Algo que despertaba en Isabel, más reciente su llegada a la empresa pero no por ello menos eficiente y responsable, ciertos celillos profesionales.

Faltaban muy pocos minutos para que Isabel llegase, Laura sabía de su puntualidad, el día antes le había informado que llegaría más pronto de lo habitual. Pero cuando al oir la puerta de entrada a la oficina Laura giró la cabeza, se encontró con otra persona. Era alguien de aspecto joven, pero con porte clásico, demasiado clásico pensó Laura. Usaba gafas, era alto y llevaba los pantalones subidos a medio recorrido entre la cintura y lo que podrían comenzar a ser las axilas. -Debe estar demasiado orgulloso de sus piernas, para lucirlas así, pensó Laura. Eso sí, las manos observó cuan si de un pianista se tratara; con los dedos largos y cuidadosamente perfilados, dispuestas a pasar el más exigente de los casting. Miguel dijo llamarse. Era el nuevo candidato al puesto, superó la entrevista previa y allí estaba dispuesto a quedarse si le gustaba la plaza y mostraba su valía para que la empresa finalmente lo contratara. Laura le invitó a esperar mientras llegaba su compañera, le explicó. Sería ella quien le diera las indicaciones de cómo ocupar el nuevo trabajo.

-¿Vives en esta ciudad, casada?¿Tienes hijos?- preguntó él.

-Demasiadas preguntas para ser tan recien llegado, pensó Laura. Pero con la voz muda intentó justificarle y creyó estará nervioso-

-Sí, respondió finalmente.

-Yo también, continuó Miguel -tengo un niño de dieciocho meses, se llama igual que yo, añadió.







2 comentarios:

Montse Rius dijo...

Muy interesante...tiene continuidad??? me gustaría saber cómo se desarrolla la historia.

¿Es de amor, de desilusión, de monotonía, de superación profesional? de todo a la vez?

Estaré pendiente...

Besos.

el más precioso monstruo de toda monstruopolis dijo...

Ah! Qui lo sa??
La primera intención era darle continuidad, pero de las dos neuronas que tengo una está de vacas y la otra es incapaz de vomitar nada sola.Así que dame un poco de tiempo "por fa" a ver si se me ocurre algo.
Bueno me voy a hacer yo también las maletas "que me he turnao" con la neurona curranta y en cuanto vuelva el que se va soy yo.
Besos.